miércoles, 17 de agosto de 2011

Entre cruces habito una nube,

“el miedo muerde”, y ando “con el aire de haber perdido un cartapacio muy importante”,

ando entre el dinero y la soledad, entre los demás y yo,

ando entre canciones,

ando entre canciones,

ando entre el mundo y yo,

ando entre la lanza y el compás,

entre medio ando:

de días, de noches, de luces, de sombras,

entre CocaCola y San Juan de la Cruz,

entre Cardenal y “the translation industry”,

entre un Andrés y otro Andrés; y aparece otro Andrés más y otro.

Ando con un “anzuelo invisible” como Adán Buenosayres,

viendo “en todo, figuras y traslaciones”,

tejiendo fantasmas de humo,

tejiéndome fantasma de humo,

ando inventándome de forma intuitiva y a los tumbos,

y todo está siempre más allá...

y estoy tan fuera de mí, tan fuera de mi castillo.

Ando entre ríos,

ando entre el Río Viejo, el Coronda, el Carcarañá

y el Rin, el Danubio y el Po.

Entre Miles Davis y Horacio Guaraní,

entre Pink Floyd y Los Rodriguez,

entre Leonard Cohen y Jorge Fandermole,

entre Marechal y Johnattan Swift, Cervantes y San Juan

Santa Teresa y Borges, Thomas Merton y Noam Chosmky...

“Mezcla rara de penúltimo linyera y primer polizón en viaje a Venus”.

miércoles, 6 de julio de 2011

Poder

Y ahora quiero agarrarte entre mis zarpas y torcer tu voluntad al punto de que con el tiempo te arrepientas de las cosas que pensaste, dijiste e hiciste por mí y te sorprendas de vos misma: te sorprendas al contemplar cuán bajo mi poder siempre habías estado...

lunes, 30 de noviembre de 2009

Diálogo 1

8 a.m.
- Titi, ¡hay un olor a podrido acá en tu heladera!
- ¿Posta?
- Sí, un olor rancio... a comida y humedad...
- Uh, sí, es verdad, jaja... ¡un olor a Pity Álvarez...!

miércoles, 22 de julio de 2009

ADÁN BUENOSAYRES EN PEDO, CON LOS AMIGOS SALEN DE UN VELORIO DE UN TIPO QUE NO CONOCÍAN ESCAPANDO DE UN MALEVO QUE LOS QUERÍA CAGAR A TROMPADAS Y ENCARAN HACIA UN PUTERÍO, JEJE:

Adán Buenosayres había salido ya, sin cooperación alguna, y se había internado a tientas en el fondo
sombrío de la casa. Todas las voces oídas recién, todos los gestos, formas y colores bailaban en su cabeza un
galope desenfrenado.
—¡Noche absurda! —rió en su alma—. ¡Noche mía!

[...]

El grupo se arrancó finalmente a la emoción de aquella despedida, y echó a caminar en desorden. Pero en
la esquina de Triunvirato y Gurruchaga volvió a detenerse, como indeciso: la noche otoñal se les entregaba
desnuda y llena de posibilidades tenebrosas; enloquecido el viento parecía gritar un llamado al aquelarre;
todo los invitaba en aquel instante a los furtivos movimientos de la culpa. Mientras deliberaban sus compañeros,
Adán oyó los bronces de San Bernardo que tañían las dos y media de la madrugada, y vio el reloj amarillo
como la cara de un muerto, allá, en lo alto de la torre. ¿Sería ya la hora del regreso? Entonces fue cuando
Samuel Tesler, cuyos pasos vacilaban desde que salió de la glorieta, pegó sus labios al oído de Franky
Amundsen y le confió en secreto algunas palabras.
—¡Libidinoso israelita! —exclamó Franky, tapándose las orejas como escandalizado.
—¡Es la Venus Terrestre! —insinuó Samuel en tono persuasivo—. ¡La Venus demónica o popular!
—¿Qué andan tramando por ahí? —les interrogó Luis Pereda.
Franky señaló a Tesler con un dedo acusador.
—Es el filósofo —dijo— que anda por tirar la chancleta.
No obstante, reveló en público los designios de Samuel; y como a nadie parecieran descabellados, el petizo
Bernini dio la señal de la marcha.
—¡A la calle Canning! —ordenó con misterio.
Irresoluto aún, Adán Buenosayres volvió a mirar el reloj fantasmagórico de San Bernardo y la desierta calle Gurruchaga por la que debería regresar. Evocó luego el trabajo que le aguardaba en su laboratorio de
torturas, allá, bajo la lámpara maldita y entre objetos estúpidamente familiares. Entonces experimentó un
escalofrío de terror que lo hizo aferrarse otra vez al grupo ebrio, a la nave de locos en que venía navegando:
—¡Noche absurda! —volvió a gritar en su alma—. ¡Noche mía!
Y avanzó entre los demás, como si huyera de sí mismo.